Vampiros
Prof. C. Fernanda Gil Lozano
Por que todo tiene una causa, manifiesta o no, es interesante desentrañar por qué los chupadores de sangre, no muertos y el Conde Drácula alimentan la fantasía y la realidad de los seres humanos desde hace siglos, casi desde el origen mismo. Al ahondar en los dominios del simbolismo, bien en su forma codificada gráfica o artística, o en su forma viviente y dinámica de los sueños o visiones, uno de mis esenciales intereses ha sido delimitar el campo de la acción simbólica, para no confundir fenómenos que pueden parecer iguales cuando solo se asemejan o tienen relación exterior. Forzoso es prevenirse contra el peligro ya que no hay “ideas o creencias” sino, más bien “ideas y creencias”, es decir que en las primeras hay siempre algo o mucho de las segundas. Cuando algunos autores reconocidos de la crítica se pronuncian en contra de la interpretación simbólica de los problemas de la realidad , deben tener desde luego sus razones para ello, aunque también es posible que exista una incompleta valoración de lo simbólico. En este sentido pienso que los relatos míticos y los cuentos son una buena medicina para cualquier problema humano. Tienen un poder extraordinario: no exigen que hagamos, seamos o pongamos en práctica algo: basta, simplemente, con que escuchemos.
Me atrajo la idea de establecer puentes entre leyendas y realidades, penetrar en la densidad misma del vampiro y relacionar la similitud de sucesos que rigen nuestras vidas: la vida, la muerte, las sombras, dar y recibir.
Vida y muerte
Aquel que haya observado alguna vez a un bebé mamar del pecho de su madre, tal vez reconozca algo que cruzó por su mente y lo rechazó casi instintivamente: los mamíferos tenemos algo vampírico en el principio mismo de nuestra existencia. En cierto modo, el placer sádico de morder y la satisfacción sexual inherente al acto de succionar la “sangre blanca” del pecho materno constituyen la condición esencial para que el lactante sea considerado vampiro. Si bien como vampirillos, los niños no eliminan a su madre, la debilitan en la medida en que le extraen el elixir vital que necesitan para su propia supervivencia. El vampiro parece esconderse así en lo más profundo de nosotros mismos y hallarse latente en nuestras vidas. Es un arquetipo que habita nuestro inconsciente colectivo. Cualquier forma de vida terrenal se rige en el fondo por el principio del vampiro. Así, para conservar la vida, hay que succionar algo, asimilar otra vida. Y por norma general, el crecimiento vampírico de una vida descansa sobre el estancamiento de la vida asimilada.
La singularidad de esta reflexión reside en la pretensión de llamar la atención sobre el vampiro que vive en nosotros.
La ambivalencia entre vida y muerte, que se manifiesta en el vampirismo, se pone de relieve en la sustancia que el vampiro necesita casi con exclusividad: la sangre. En las culturas antiguas la sangre era considerada fuente de vida. Por ello, los guerreros de ciertas tribus primitivas podían hacerse más fuertes untándose con sangre o bebiéndola. Por otra parte la sangre sugiere la asociación contraria, es decir la de la muerte, sobre todo si esta ha sido derramada. El color de la sangre es también tan ambivalente como la propia sustancia: es el color elemental rojo. Atractivo y repulsivo por igual, es el color del deseo y del horror, del placer y la caída y también del placer en la caída. El color rojo es el color del placer absoluto y de la sexualidad. Allí donde el placer sexual sucumbe en el vicio, se crea un ambiente de luz roja.
Rastreando la historia de los relatos sobre gente que retorna de sus tumbas nos encontramos con los aparecidos y los vampiros , cuyo centro es el tema de la muerte y el de la posibilidad de que los muertos regresen, ya sea solos, ya sea invocados; y más aún, como ocurre con los vampiros, regresen a causar mal, a asesinar a los humanos, esto es, de que sean muertos-vivos a los que es necesario matar de acuerdo a un ritual macabro.
El temor a la muerte y el miedo a que los muertos regresen son temas que forman parte de todas las culturas, que están presente en toda la historia humana y que no han desaparecido en nuestra moderna sociedad industrial por más que lo usual en ella sea encubrir ambos temas, sobre todo el último, bajo apariencias científicas. De alguna manera el culto que cualquier sociedad rinde a sus muertos expresa, tras el respeto que les manifiesta, el temor que siente por ellos; y los rituales asociados a ese culto en sus diversas formas tienen que ver con el esfuerzo por evitar que vuelvan, por conservarlos en el más allá; o al menos lejos del área en que la vida cotidiana continúa. Aunque algunas religiones paganas y sobre todo el cristianismo hicieron con frecuencia algún tipo de apología de la muerte, o al menos de ciertos tipos de muerte (en la guerra, como héroes, como santos o como mártires) y con ella elaboraron otros mundos o paraísos en los que los muertos podían disfrutar de la felicidad eterna, lo cierto es que este esfuerzo por encomiar la muerte y construir sitios maravillosos para eterno regocijo o paz a los desaparecidos revela muy claramente la resistencia de los seres humanos de cualquier época de aceptar la muerte como algo natural, siendo que se trata de un corte brusco que interrumpe la vida y que significa cambiar este mundo al que se está atado por relaciones de poder, de amor o de riquezas, por un mundo identificado en cambio en la mayor parte de las culturas con la obscuridad y el frío, con la noche y con las sombras, elementos conceptualmente asociados, dicho sea de paso, con lo femenino. No es de extrañar que en las culturas patriarcales los muertos se nieguen a morir o que quieran regresar a toda costa de la muerte y la noche. Como feminista me resulta obvia la asociación entre lo femenino, la humedad, las sombras y básicamente la repregunta, sobre la proyección psicológica interna, que lleva a las culturas de manera casi universal a temer a la muerte y sus apariciones. ¿Qué parte interna nuestra tememos cuando pensamos en los que vuelven, qué ansias propias se imponen sobre los que ya no están?.
El vampiro, lo vampírico nos retrotrae una y otra vez a nuestras propias sombras, y nos muestra también como hijos no solo de la luz sino también de la oscuridad. Estas sombras individuales que son aquellos aspectos personales que nos producen miedos y desazón tienen una historia en el afuera que también reclama su realización.
La sombra
Pensemos en dos relatos que tienen que ver con el origen de la pintura y con el origen del conocimiento en nuestra cultura. Se sabe muy poco acerca de los orígenes de la pintura, decía Plinio el Viejo en su Historia Natural. Pero una cosa es cierta: nació cuando, por primera vez, se cercó con líneas la sombra de un hombre, yo diría de una mujer. Este nacimiento “en negativo” de la representación artística es significativo. La pintura nace bajo el signo de una ausencia/presencia (ausencia del cuerpo/presencia de su proyección).}
En la época que Plinio escribía su tratado (en el siglo I de la era cristiana), la imagen pictórica ya había dejado de ser simple contorno de una mancha. La sombra se había incorporado a un complejo espacio de representación que sugería la tercera dimensión, o sea el volumen, el relieve, el cuerpo. La imagen-sombra de los orígenes era, pues, más bien un recuerdo lejano de un hecho entre mítico e histórico que la señal de un origen que se debe conocer (o reconocer), pero del que necesariamente se aleja. Un contemporáneo de Plinio se preguntaba qué habría sucedido si los pintores no hubieran tenido la valentía de progresar, y respondía a continuación: “la pintura se reduciría a trazar el contorno de la sombra proyectada por los cuerpos expuestos al sol”. (Quintiliano, Institutio oratoria, X, II, 7).
En este mito de fundación se adivinan varias fuentes. Quisiera compararlo con otro, el que inaugura la teoría occidental del conocimiento: el mito platónico de la caverna. Platón imagina al hombre primitivo en una gruta y sin poder mirar otra cosa que la pared del fondo de su prisión, pared en la que se proyectan las sombras de una realidad exterior de cuya existencia ni siquiera sospecha. Unicamente al volverse hacia el mundo iluminado por el sol, conseguirá el hombre alcanzar el verdadero conocimiento.
El mito pliniano y el mito platónico son dos relatos paralelos que no se comunican a nivel de discurso, pero que sí pueden hacerlo a nivel hermenéutico. Si bien Platón y Plinio hablan de cosas distintas en contextos diferentes, ambos relatos son etiológicos (sobre el origen del arte en Plinio y el origen del conocimiento Platón); tanto el mito del inicio de la representación artística como el de los comienzos de la representación cognitiva se centran en el motivo de la proyección; la proyección originaria es una mancha en negativo, una sombra. El arte y el conocimiento consisten en la superación de la situación límite de su nacimiento. La relación con el origen, es decir la relación con la sombra marca la historia de la representación occidental.
Los mitos vampíricos que pueblan las culturas de todo el planeta están informándonos sobre algo tan propio como la vida misma. y no debemos extrañarnos del retraso que en relación con la historia de la luz, caracteriza a la historia de las sombras, su explicación tiene que ver con que la Historia de los vampiros, al igual que la Historia de las Mujeres, es el estudio de sujetos negativos.
Dar y recibir
El vampiro es una criatura con carencias, le falta algo y roba a los demás lo que le falta. Sin embargo se corre un riesgo en esta conducta: el descontrol. Por el cual nunca se podrá saciar la insatisfacción, ya que el ansia toma un carácter adictivo incurable.
Vivimos el siglo más brutal de nuestra Historia, las guerras y otros fenómenos han matado más gente que en ningún otro momento de la experiencia humana. Pero el mal en lugar de dar un paso adelante y asumir la conducción del mundo, se ha vuelto invisible. El concepto mismo del mal parece incompatible con una vida moderna de la cual las ideas de transgresión y de responsabilidad personal parecen estar desapareciendo. Sin embargo, a pesar de la pérdida de viejas palabras y conceptos morales como mal, satán, Drácula, pecado, no podemos sobrevivir sin algunos medios conceptuales para pensar la universal experiencia humana de la crueldad y el dolor. El motivo que me impulsó a escribir esta reflexión fue la convicción de que si el mal, con toda su insidiosa complejidad, escapa al alcance de nuestra imaginación, quiere decir que está estableciendo su dominio sobre nosotros. En tal sentido, nuestra sombra puede tornarse un enemigo quimérico, esta idea nos permite avanzar en pensar a la sombra como una interiorización en cuanto proyección personal, en cuanto zona oscura del alma, donde nace la negatividad interior.
Cuando el vampiro se define en relación con el bien, éste siempre será malo, aunque debemos recordar que ninguna criatura de este mundo es solo mala. Qué cosa puede ser más terrenal que un vampiro. El componente bueno del vampiro se fundamenta en su veracidad, que se manifiesta en su capacidad para actuar como un espejo.
El vampiro no es solo un espejo en el que se proyecta nuestro egoísmo y nuestra desmesura. Además, es un ícono de nuestros deseos ocultos y prohibidos. Su gozo de lo prohibido lo convierte en un rebelde contra el sistema establecido; contraviene siempre la opinión general reinante, independientemente de lo que ésta postule. El vampiro se rebeló tanto contra el cristianismo dogmático como contra la mojigatería de la época victoriana y, en la actualidad, allí donde se da el valor supremo a la igualdad, se muestra altivo y orgulloso. Precisamente en la época de la cultura de masas, el vampiro mantiene su talante aristocrático.
En su condición de rebelde, encarna una mezcla entre criminal y salvador, y constituye una válvula de escape contra la opresión social. Ofrece la versatilidad de ser: hereje, anticristo, criminal, libertino, adicto, líder y sádico, aunque también expresa el matis de la víctima: la dulzura de la esclavitud y el éxtasis de la entrega absoluta. A este respecto, el vampiro, en su función de antiburgues y detractor de todos los valores existentes, mejora ciertas pautas cargando sobre sus espaldas y proyectando en su ser las represiones sociales y los tabúes.
En el futuro, el vampiro seguirá siendo nuestro compañero de viaje. El objetivo de este mundo pasa por saber entenderse con él y no por el vano intento de erradicarlo. De esta forma nos acercaremos a un antiguo símbolo de la sabiduría del vampirismo orgánico y más bien femenino: la imagen de la serpiente que se muerde su propia cola.